domingo, 26 de julio de 2009

You’re taking over me.


Las acusaciones, las duras palabras, el oprobio, todo le resbalaba como el agua. ¿Qué significaban unas horas de insultos en comparación con años de culpa? ¿Qué significaban unas horas de insultos frente a una vida sin su princesa de hielo?.
Él se reía de los intentos, patéticos por demás, de asumir la culpa uno mismo. No veía razón alguna para ello. Mientras no viene razón para ello, ellos no lo conseguirían. Pero tal vez ella tuviese razón. Tal vez el día del juicio hubiese llegado ya. A diferencia de ella, él sí sabía que el juez no vendría vestido de carne humana. Lo único que podía juzgarlo a él tenía que ser algo más grande que el hombre, más grande que la carne, pero tan digno como el espíritu. A mí sólo podrá juzgarme quien pueda ver mi alma, se decía. Era curioso ver cómo sentimientos totalmente opuestos podían mezclarse hasta convertirse en un sentimiento nuevo. Amor y odio resultaban en indiferencia. El deseo de venganza y el perdón se convertían en determinación. La ternura y la amargura, en dolor; un dolor tan grande que podía destrozar a un hombre. Ella siempre había sido para él una extraña mezcla de luz y oscuridad, como el rostro de Jano, que unas veces juzgaba y otras se mostraba comprensivo. En ocasiones, ella lo cubría de ardientes besos, pese a que era abominable. Otras, lo humillaba y lo odiaba precisamente porque era abominable. En los contrastes no era posible el descanso.
La última vez que la vio fue el día que más la amó. Por fin era del todo suya. Por fin le pertenecía por completo, para disponer de ella como se le antojase. La última vez que la vio, el velo había perdido su misterio y sólo quedaba la carne. Claro que aquello la convirtió en un ser accesible. Por primera vez le pareció poder sentir quién era ella. Había tocado sus miembros rígidos por el frío y había sentido el alma que aún aleteaba en su gélida prisión.
Jamás la había amado tanto como entonces. Ahora había llegado el momento de enfrentarse al destino, cara a cara. Esperaba que el destino se mostrase condescendiente. Pero no lo creía.

1 comentario:

cisne negro dijo...

Me encanta ese libro,y esa foto
esta entrada es genial!

te quiero pequeña!