No hay nada que se pueda hacer, cuando algo nos falta, debemos llenar ése vacío. Aunque cuando es el amor lo que nos falta, no hay nada que lo llene de verdad.
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Cuando era niña mi madre me recordaba cada noche antes de dormir que le abriera mi corazón a Dios porque era bueno, misericordioso y justo. Eso cambió cuando mi padre se largó y la dejó a cargo de mí y de mis hermanos en un pequeño pueblo a las afueras. No volvió a hablar de un Dios bueno y misericordioso. Empezó a hablar de una profecía: La oscuridad envolvería al mundo y se decidiría el destino de la especie humana. Una noche reuní valor para preguntarle por qué había cambiado Dios, por qué estaba tan furioso con sus hijos. - No lo sé - dijo mientras me arropaba bien- Se habrá cansado de tanta gilipollez...

